29 noviembre 2009

RELATO DE UNA NOCHE DE JUEVES

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RECUÉRDAME, ...
AUNQUE SEA PARA MAL.

Es Jueves en un casi olvidado lugar de Murcia. Tengo prisa por llegar a mi casa para  salir de nuevo. Voy a sacar a mi perrita Rubia para que bajo la luz de la Luna y la humedad de los huertos abandonados, corra y se enfade un poco con algún gato callejero; hoy la espera un paseo mas breve de lo habitual. La vestiré con su jersey de rayas a colores, la rascaré un poco detrás de las orejas y saldremos a pasear. 
Tengo prisa por regresar.
Hoy es Jueves de Noviembre, el último Jueves del mes, y como siempre si nada lo impide, me acercaré a escuchar el recital de poemas o relatos...de los escritores de este pueblo, igual que hacía en mi ciudad hace unos años cuando sin apenas darme cuenta me encontré, no se como, recitando los Jueves y algunos Sábados, con mis compañeros del Ateneo Literario.
Aquí, en este lugar perdido de Murcia, no recito, no son estos mis compañeros, no me tiemblan las piernas y las dedos de las manos cuando levanto la mirada y un montón de ojos me miran esperando a que comience. Aquí, solo soy una oyente mas, de último Jueves de mes, de fines de semana, de las últimas filas...
Rubia  y yo estamos de vuelta. Me cambio de ropa aprisa; fuera vaqueros estampados de pezuñitas polvorientas por la tierra del camino. Tengo preparada la falda naranja, y una camisa estampada, las botas y todo lo demás en color marrón, para no desentonar con ese grupo de oyentes algo maduros de cada Jueves último de mes.
Atrás dejo la silla giratoria del despacho, el ordenador, las sonrisas y saludos amables para unos y otros que apenas conozco y con quienes nada me une.
La sala está algo alejada de mi casa, en la parte alta del pueblo y el camino hasta allí es inclinado y la noche se ha cerrado; no hay nadie en las calles, ni  ruido de conversaciones, ni las risas de los niños que se oyen horas antes cuando salen del colegio. Iré en coche si quiero llegar a tiempo, antes de que los asistentes comiencen a moverse nerviosos en las butacas, llegaré cuando todos estén mirando al frente, al escenario y nadie se percate de mi presencia.
El ordenanza me saluda levantando la mano y aprovecha mi llegada para acercarse a la sala a escuchar de cerca el relato que se cuenta.
Me gusta sentarme en las últimas filas, pero esta noche están ocupadas aunque la sala no llega a estar medio ocupada, y tengo que buscar butaca mas abajo. Después de colgar el bolso en el asiento delantero y quitarme la chaqueta con cuello de pelo, para poder soportar el calor que allí hace, la casualidad, el azar que siempre está presente en mi vida para lo bueno y lo malo, lo vi a él en la butaca de la fila anterior. Allí, delante de mí estaba él sentado, mas bien recostado,con el cuerpo inclinado hacia el lado izquierdo  como si le pesara, como siempre lo ví sentarse en los años que estuvimos juntos.
Presté mucha atención al relato que contaban y despues comenzaron con otro.
No sabría decir que le ocurría, pero si como le ocurría. Estaba nervioso, inquieto, como una lagartija en un jaulita pintada en dorado, que no de oro. El asiento  se le hacía duro como si fuera de vasta madera.
Quizás presintió algo, mí presencia detrás de él, escuchando lo qeu se decía en el escenario, y observando, y pensando, y recordando todo lo que vivimos juntos durante 7 años y medio.  Quizás, el sintió lo mismo que yo sentí cuando él días, atrás,  y meses atrá,  estaba presente muy cerca de mí creyendo que no lo sentía, que no percibía como me observaba y se ocultaba.
Recuerdo las tardes o noches en que me acercaba este verano hasta la casa de alguien que quise tener por amiga, pero fue tambien mi vecina, su vecina, allá en la huerta, tierra con tierra, valla con valla, saludos en pijama con el vaso de café en la mano. Esos días de este último Julio y Agosto en que cenábamos juntas solas o con amigos en el porche de su casa, y yo siempre me sentaba de espalda a la valla para evitar mirar al otro lado, al lado que fué mi casa por unos años.
Tal vez ahora el esté sintiendo lo mismo que sentía yo cuando esas noches, de repente me cubría una desazón y un mal fario,  que dicen los supersticiosos, y tenía la sensación de estar enferma, hasta que mi amiga u otro acompañante  me comentaba, me respodía con poca voz para no ser oidos: ¡Quieta ahí, no vuelvas la cabeza y sigue hablando normal!- Era entonces cuando ella me contaba que él, quien hoy está un escalón por debajo del mío, sentado en esa butaca que se le hace incómoda, estaba escondido entre sus azaleas, la higuera, y los manzanos, mirándonos, al amparo de la noche a veces muy tardía, escuchándonos, tal vez quieriendo descubrir si  tal vez el era nuestro tema de conversación. Y yo, me sentía mal por ello; también la silla me hacía dura y las manos se me volvían inquietas.
Se ha cortado el pelo hace pocos días y creo que ha estrenado gafas. Lleva su vieja chaqueta americana azul marino que le gusta ponerse cuando cree que debe vestir bien aunque nunca me gustó porque le daba un aire de muy anticuado, y está muy vieja.
El relato que escucho ahora trata de una historia de tres; de como dos hicieron para desenbarazarse de un tercero. Pero también versa de como vengarse de quién no supo ofrecer lo poco o mucho que pudiera dar, de alguien que prefería vivir sin ayudar a vivir, de alguien que creyó tener el mundo en sus manos y las personas a sus pies, de alguien que quiso tener todo sin dar nada. Y también puede ser que cuente sobre como una persona puede ser capaz de separar a otras que estaban unidas aun con sus defectos, que son en realidad libres de aceptarlos, influyendo negativamente en su relación, personándose como el ángel liberador que le concederá todos sus mas secretos deseos.
Estaba nervioso. Conozco bien esos gestos, ese comportamiento suyo mientras escuchaba o hacía que escuchaba el relato sobre tres; sus brazos no podían estar quietos cambiando de postura una y otra vez, su cabeza plateada no encontraba la posición justa, sus dedos iban y venían de las gafas a la barbilla, como si creyera que se fueran a caer; su mandíbula por el lado izquierdo, como siempre, era un constante cojín donde sus delgados dedos jugueteaban, y sus tics causados por la inquietud se hacían evidentes.
Tal vez, pensé sientiéndome a cada momento mas tranquila, si el relato que escuchaba le traía a la memoria la versión de su propia vida siempre a tres bandas, siempre temorosa de una posible venganza, siempre pendiente de ser él lo mas importante, y siempre, olvidandose de todos.
He salido a fumar un cigarro entre relato y relato porque hace mucho calor en esta sala. Estoy pensando en marcharme para que mi presencia, involuntaria en inconscientemente junto a él deje de perturbarlo. Ya lo hice alguna otra vez en otros Jueves de fin de mes, y en el desfile de las fiestas del pueblo, en el supermercado, y en el mercado de los Viernes, cuando lo ví con ella, su nuevo instrumento levanta egos, o solo. Pero esta vez no me voy. Estoy en mi sitio, en mi butaca cogida al azar, escuchando relatos mas o menos agraciados, esperando a que termine el acto para que el ordenanza me despida hasta el Martes próximo que acudiré a la biblioteca a leer.  Estoy aquí porque me gusta estar.
Ha terminado la lectura. Me entretengo a despedirme de alguna gente que ni siquiera conozco su nombre, o lo he olvidado, pero que esos Jueves y otros días mas coincidimos allí, y me dirijo al coche y mientras abro la puerta, él vuelve a estar cerca, caminando con pasos cortitos y rápidos como si tuviera prisa, con aire nerviosos como siempre y sortenado coches para no pasar junto al mío, que resulta, está demasiado cerca del suyo, aunque no me percaté de ello al llegar. Camina  con aire altivo, orgulloso y la mirada desviada a cualquier parte. Y el pensamiento, ¿Donde?. Quizás deseando encontrar un rincón  donde poder verse como sueña verse sin que el sueño se lo rompa nadie, donde no sienta que la culpabilidad lo hunde, donde no haya nadie que conozca mas de é que el  mismo, donde pueda sertirse heroe aun siendo villano .....
Su coche circula tras el mío por todo el pueblo. Y no tengo prisa por llegar. Ya no puede mirarme y escucharme de nuevo escondido entre sus árboles, porque ya no me encuentra allí, al otro lado de la valla. Ya no puede preguntar sobre mi porque nadie hay que le responda a esas preguntas.  Ahora sólo puede seguir viviendo y volver a repetir la historia a tres bandas una vez mas, seguir pensando en si mismo. He llegado a mi calle, a mi casa, y su coche se aleja hacia unos metros mas allá donde yo, ya no voy.

Eloisa

2 comentarios:

*Luna dijo...

Hola cielo impresienante relato me gusto
un beso y feliz semana

diego dijo...

hay cosas que no cuentas cuando hablamos. parece que solo escuchas como si no tuvieras algo que decir.
cuando era pequeño. no mucho, aveces me decias que me costaba cntar las cosas y que no te hablaba de nada. resulta que no somos tan diferentes. eso no me desagrada. ojala me llegue a parecer mas a ti cuando lo necesite. tengo ganas de verte por aqui unos dias.
tienes que presentarme a rubia.